El Sáhara es nuestra conciencia acusadora. Nuestra vergüenza oculta. Nuestra traición cobarde.
Es ese espisodio por el que daríamos cualquier cosa porque nunca hubiese existido en la memoria. Cobardemente, ante el problema, nos hacemos los mudos y los sordos mientras por el contrario, no sentimos el minimo pudor en bajarnos los zahones por debajo de nuestras rótulas para poner adecuadamente el culo a nuestro querido vecino del Sur. Y si hace falta, cuando termine, también se la limpiamos, si preciso fuere.
Que los sagrados intereses comerciales ya se sabe que deben prevalecer a toda costa por encima de esa tontería absurda a la que algunos llaman algo así como los derechos humanos.
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